En camino

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lunes, 21 de abril de 2014

De infiernos y Resurrección



Este fresco representa el descenso de Cristo a los infiernos. Se encuentra en el "paraclesión" de San Salvador de Cora en Estambul. En él se representa a Cristo revestido de una blancura deslumbrante, con toda la fuerza de la luz, descendiendo al abismo, rompiendo con los pies las puertas del infierno. Cristo agarra literalmente por las muñecas a Adán y Eva (es decir a ti y a mi, a toda la humanidad) y les hace salir fuera de sus sepulcros. 
Este icono se llama anastasis, es decir resurrección y no "descenso a los infiernos". 
Olivier Clement nos dice: Hay momentos en los que todo parece perdido Dios está crucificado en todo el horror del mundo y, al mismo tiempo, nos resucita, nos ofrece el poder de su resurrección, esa mano fuerte tendida para agarrar no sólo por la mano, sino por la muñeca. Esa mano está siempre ahí, en la oscuridad más opaca. Es el Dios que se abre para que entremos en él, para ofrecernos la vida y la libertad. Ese es el misterio del descenso a los infiernos. 
Sigo preguntando qué es el infierno. Un psicoanalista nos dirá que en el fondo del hombre está el odio, el suicidio, el asesinato, la mentira, el miedo a la muerte. Todo eso que se pudre en el fondo de nosotros es el infierno. Está en nuestro interior y se manifiesta en la tortura, las matanzas, las injusticias...Cuando tomamos conciencia de esas situaciones de odio, asesinato, ausencia de esperanza, tenemos la tentación de dejarnos deslizar hacia la nada, pero si, en ese momento, caemos a los pies de Cristo, que está ahí presente, no fuera, entonces esa mano vigorosa nos agarra y nos hace volar fuera del infierno. Todos vivimos momentos en que nos parece que está todo perdido y no hay salida; si en ese momento caemos a los pies de Cristo presente en el infierno, nos arrancará de ahí y nos dará una vida nueva; entonces comprenderemos que no era más que una ruptura de nivel y la gracia del bautismo, la gracia de la novedad, la gracia de la existencia renovada en Cristo, en el Espíritu Santo, se nos dará de nuevo. El descenso a los infiernos es lo que quizás más corresponde a la situación histórica que vivimos.
Pero, me dirán ustedes:"¡Seguimos muriendo!" Los mártires de los primeros siglos eran gente sencilla, no eran grandes ascetas, no tenían especiales méritos; pero eran fieles, daban testimonio fielmente ante los jueces. Y cuando los arrojaban a las bestias en lugar de revelarse o desesperarse, simplemente se dejaban sumergir en la fe con una especie de humilde confianza en Cristo crucificado. En ese momento quedaban transformados, justamente ahí, en aquel infierno.
Sumergirse en el infierno para encontrar a Cristo
El Coliseo de Roma es la imagen de los círculos del infierno. Cuando los cristianos eran arrojados en él y se dejaban deslizar hasta el interior de Cristo crucificado, el Cristo presente en el infierno, se llenaban de la fuerza de su Resurrección, que les daba un gozo y una paz inesperadas. Todos, en un momento u otro, vivimos situaciones semejantes, quizás en el momento de nuestra agonía. Si lo vivimos en medio de un gran sufrimiento, de un gran infierno, pero sabiendo que Cristo está presente, debemos orar para que nos sea dada esa alegría de la resurrección.
¿Qué hacen si no nuestros monjes? Estando vivos intentan sumergirse en la muerte, en el infierno, para encontrar ahí a Cristo resucitado, que les resucita, y dicen que uno puede, estando vivo ya desde ahora, aquí abajo, llegar a ser consciente de su propia resurrección unidos a la de Cristo. Ciertamente que los monjes son casos límite, pero es algo que se nos ofrece a todos, ya desde ahora, en la celebración, en los gestos de humilde compasión, de ternura, de belleza, de comunión: sentimos que se nos da todo, que el infierno no tiene la última palabra, que Cristo no está ausente de ningún lugar, que nos agarra, que nos lleva en volandas, que nos hace resurgir en la luz del Reino.
Cuando caminamos por una cresta de una montaña por la mañana temprano o a la caída del sol, vemos que un lado de la montaña está iluminado, mientras que el otro está aún o ya en sombra. Así es la imagen de nuestra condición cristiana: estamos ahí, entre el mundo de la separación, de la muerte, del infierno; a menudo lo experimentamos. Y por otra parte, el del gozo del reino, el de la plenitud de Pascua.
Nuestro esfuerzo, nuestra vida espiritual, nuestra lucha, ya sea en la cultura o en la vida social, es intentar que las cosas pasen de la sombra hacia la luz, hacia ese Reino que llega y que ya está ahí crucificado y resucitado, crucificado con nosotros y resucitándonos, pues nunca debemos olvidar esas palabras suyas: 
"Yo soy la resurrección y la vida". Desde ahora podemos entrar en la resurrrección y en la vida; es 
incluso el sentido de nuestra existencia cristiana y de esta formidable afirmación: "¡Cristo ha resucitado!"
Tomado de Clément Olivier
CUADERNOS DE ORACIÓN 115

2 comentarios:

Lámpara es tu Palabra para mis pasos dijo...

¡¡¡FELIZ PASCUA....!!!
Que hermosa reflexión... y esa imagen... CUÁNTAS VECES MEDITADA. Jesús... que nos sostiene por la muñeca (evitando nos escurramos si fuera de la mano...), además la muñeca, es el PULSO, LA VIDA..
Vuelta a la VIDA....
Renacemos en ÉL.

UN ABRAZO PASCUAL.

Lámpara es tu Palabra para mis pasos dijo...

¡¡¡FELIZ PASCUA....!!!
Que hermosa reflexión... y esa imagen... CUÁNTAS VECES MEDITADA. Jesús... que nos sostiene por la muñeca (evitando nos escurramos si fuera de la mano...), además la muñeca, es el PULSO, LA VIDA..
Vuelta a la VIDA....
Renacemos en ÉL.

UN ABRAZO PASCUAL.