En camino

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sábado, 8 de febrero de 2014

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO 9 DE FEBRERO DE 2014



LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 5, 13- 16
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del candelero, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
Palabra del Señor

ORACIÓN:

SEA SAL Y LUZ, SEÑOR
De tu mar, Señor, sea yo la sal que lleve
alegría donde existan las caras largas,
ilusión donde no sepan lo que es el optimismo
eternidad, allá donde vean sólo el presente
caridad, en aquellos rincones
donde aparezca el “yo” y no el “nosotros”.
SEA SAL Y LUZ, SEÑOR
Del SOL que es tu Palabra
y, entonces, anuncie lo que Tú nos traes
Es posible un mundo, pero como Dios manda
Grande, un corazón, por el Amor que regalas
Inmensa, la vida, por el futuro que nos conquistas
Que no me conforme, oh Señor,
con la sal de mi frágil salero
Que no me quede, oh Señor,
con la luz de mis débiles ideas
Que no presuma, oh Señor,
de mis gracias y de mis dones
y, caiga en la cuenta, de que es tu SAL
la que da sabor eterno a los guisos de mis manos
Que no lleve en cuenta, oh Señor,
de mis pequeños aciertos
cuanto de la LUZ que Tú desprendes desde el cielo
De mis ocurrencias y creatividad
cuanto de la presencia creadora de Dios
De mis aportaciones por tu Reino
cuanto de tu Espíritu que las hace
únicas, santas, verdaderas, genuinas y eternas
QUE SEA, SEÑOR, SAL Y LUZ
Pero sal recogida del mar del cielo
empaquetada con fuerza del Espíritu Santo
Y sin más precio que, el saber,
que estoy de tu lado y contigo
para hacer de este mundo
un pequeño trozo de tu Reino.
Con tu luz, siempre con tu luz, Señor.
JAVIER LEOZ

En tu silencio acogedor 
nos ofreces ser tu palabra 
traducida en miles de lenguas, 
adaptada a toda situación. 
Quieres expresarte en nuestros labios, 
en el susurro al enfermo, 
en el grito que sacude la injusticia, 
en la sílaba que alfabetiza a un niño. 
En tu respeto a nuestra historia 
nos ofreces ser tus manos, 
para producir el arroz, 
lavar la ropa familiar, 
salvar la vida con una cirugía, 
llegar en la caricia de los dedos 
que alivia la fiebre sobre la frente 
o enciende el amor en la mejilla. 
En tu aparente parálisis 
nos envías a recorrer caminos. 
Somos tus pies y te acercamos 
a las vidas más marginadas, 
pisadas suaves para no despertar 
a los niños que duermen su inocencia, 
pisadas fuertes para bajar a la mina 
o llevar con prisa una carta perfumada. 
Nos pides ser tus oídos, 
para que tu escucha tenga rostro, 
atención y sentimiento, 
para que no se diluyan en el aire 
las quejas contra tu ausencia, 
las confesiones del pasado que duele, 
la duda que paraliza la vida, 
y el amor que comparte su alegría. 
Gracias, Señor, porque nos necesitas. 
¿Cómo anunciarías tu propuesta 
sin alguien que te escuche en el silencio? 
¿Cómo mirarías con ternura, 
sin un corazón que sienta tu mirada? 
¿Cómo combatirías la corrupción 
sin un profeta que se arriesgue? 
Benjamín González Buelta

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